art06 01

¿Qué es la historia?

El ser humano a través del tiempo ha generado una memoria propia y social, y conforme crecen sus relaciones interpersonales se comunican estos saberes; es decir, los comparte con la comunidad, algunas vivencias cruciales son tomadas en cuenta por la tribu, como localizar algún peligro, crear un sistema de conteo para administrar el ganado o los granos; saber las fechas para la siembra, los días religiosos o la calendarización de eventos importantes. Fue así como se gestó una memoria colectiva: por el registro de hechos trascedentes para los habitantes de un lugar específico.

Cuando algún individuo tiene preguntas del pasado, recurre a los más viejos de la tribu y pregunta: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos y a dónde vamos? Es como al contarse historias se trasmiten valores, costumbres y significados propios, a través de la comunicación, la historia nos hace partícipes de experiencias no vividas, pero con las cuales nos identificamos (Florescano, 2002).

Es común escuchar que la historia estudia el pasado, pero más específicamente podemos decir, que es la ciencia de los hombres en el tiempo (Bloch, 1982). La etimología de la palabra nos remite al griego ἱστορία (historia) que significa investigación o conocimiento adquirido por investigación. Por lo cual, la historia es el conocimiento de las acciones de los hombres en el tiempo mediante una ardua investigación.

Sin embargo, se debe ser consciente de que la historia depende de quién la cuente, en el hogar, la escuela, la iglesia o los medios de comunicación, cada una de estas versiones no es 100 % verdadera, pero entonces ¿a quién le creemos? Se trata de entender que la historia es confusa, inconsistente, y esto direcciona a una situación de incertidumbre y, por lo tanto, a un estado de curiosidad que invita a conocer las versiones para desarrollar un pensamiento crítico y analítico de lo acontecido.

El objeto de la historia es esencialmente el hombre, sus acciones y hazañas. Para comprender el pasado se debe analizar con mayor importancia el presente e investigar los procesos y las trasformaciones que ha tenido la sociedad para llegar a este momento, pues cada hombre está determinado por el tiempo en que nace y se desarrolla: los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres (Bloch, 1982).

Por el momento, no pretendo dar una definición absoluta de qué es la historia, sabemos que sin duda es algo muy robusto; sin embargo, se busca despertar la curiosidad del lector, recordando los pensamientos de Febvre:

Toda definición es una cárcel… ¿definir la historia?, pero ¿cuál? Quiero decir: ¿de qué fecha y en qué cuadro de civilización? ¿No varía la historia perpetuamente en su inquieta búsqueda de técnicas nuevas, puntos de vista inéditos, problemas que hay que plantear mejor? Definir, definir; sin embargo, las más exactas definiciones, las más cuidadosamente meditadas, las más meticulosamente redactadas, ¿no tienen el riesgo de dejar al margen, en cada instante, lo mejor de la historia? (Febvre, 1982).

Acercamientos con la historia


El primer encuentro que tuve con la identidad mexicana y, por ende, con la historia, fue a muy temprana edad: a los cuatro años. Recuerdo los libros de texto gratuitos de mis hermanos mayores, al final de ellos, una campana y ángeles, ellos decían que era el Himno Nacional. Después de escucharlo repetidas ocasiones pude aprenderlo y ahí estaba yo sentado con mi libro, imaginando que podía leer, imaginando que era mexicano y que respondía a un grito de guerra.

Más tarde llegó la escolarización, pude entonar las notas del Himno Nacional con orgullo y sentimiento, descubrí en cuarto grado de primaria el legado cultural prehispánico de nuestros pueblos indígenas, me enamoré de las imágenes de las increíbles ciudades mayas y mexicas, sufrí la conquista de México como si yo hubiera sido el mismo Cuauhtémoc, pero al poner atención en mi acta de nacimiento, la decepción y desorientación se hizo presente al encontrar dos apellidos de origen español, ¿no tendría que estar del lado y a favor de los nativos del territorio mexicano?

Tengo que reconocer que aprendí, me orienté, me contradije mediante la lectura y las narraciones de familiares y maestros, y en esa pasión por descubrir quién era yo y quiénes eran las personas que me rodeaban, a través de los libros, hallé las respuestas a mis interrogantes: sí era indígena, pero también español y africano.

Algunas veces, los estudiantes tienen pasión por la historia de México, pero desafortunadamente a la mayoría les parece aburrida y tediosa. Cuando era estudiante de preparatoria, mis compañeros me decían que cómo podía gustarme la historia. Recuerdo exactamente la interrogante de un buen amigo que iba acompañada de malestar y fastidio: “¿Y a mí qué me interesa el ahuizote y el hijo del ahuizote; para qué me sirve aprender eso?”. Y yo no podía hacer nada por quitarle esa idea tan suya y solo respondía: “Por cultura general”. Me resultaba alarmante cómo es que no le podía dar la importancia merecida a la crítica social, y dar gracias a esas personas que arriesgaron su vida criticando al régimen para que futuras generaciones disfrutáramos de más libertades y derechos.

Actualmente desde mi trinchera y agobio, que es el salón de clases, busco inventarme y reinventarme en cada clase de historia para que mis estudiantes no se sientan aburridos, no lo vean como simple memorización de fechas y lugares. La historia de México se debe reinterpretar analizando lecturas con puntos de vista divergentes, para posteriormente narrarlas para que los estudiantes se apropien de ellas, sentir que son los protagonistas de los conflictos nacionales.

En la escuela primaria se da ese primer acercamiento con la historia de México, y los docentes debemos propiciar espacios de representación histórica mediante la narración: la historia de México se baila, se explora, se escribe, se viaja, se come, se disfruta, pero sobre todo, se cuenta.

La escolarización del pensamiento narrativo

Para destacar la importancia que tiene la enseñanza y particularmente la enseñanza de la historia de México, en el presente y futuro del país, se debe recordar la definición de Freire (1987) sobre lo que es la enseñanza: es liberadora, promueve el sueño ético y político de la superación de una realidad injusta, la entiende como un acto que libera al ser humano de la ignorancia, considera que la enseñanza brinda elementos para trasformar las realidades. De inmediato se percibe que la enseñanza tiene una función social: crear conciencia en el educando, desarrollar un pensamiento histórico, crítico y analítico.

Sin embargo, al tratar de desarrollar esta idea se tienen algunas objeciones, la enseñanza de la historia de México se ha caracterizado como una asignatura escolar cuyo objetivo es la transmisión de datos, la repetición de nombres de los personajes destacados, la memorización de fechas, lugares y batallas (Lima & Reynoso, 2014).

Es decir, se propicia principalmente un aprendizaje memorístico, aburrido y tedioso para los estudiantes de educación básica, muy distante del desarrollo de habilidades cognitivas y metacognitivas en los estudiantes como lo son: atención, razonamiento, autoconciencia, capacidad de asociación y resolución de problemas.

Con la narrativa se muestra mayor interés, se vive la historia a través de analizarla y relatar los hechos históricos, y se dejan atrás viejos esquemas tradicionalistas, pues es de gran importancia el hecho de que los niños y adolescentes aprendan a pensar históricamente, lo que para Plá (2014) significa una construcción cultural y política que involucra el contexto, el espacio y tiempo.

Pero ¿qué es la narrativa? Bruner (2004) menciona que el pensamiento narrativo ha estado presente desde tiempos inmemoriales. El ser humano configura, y forma sus concepciones, hábitos y creencias por medio de la apropiación de historias y en cómo las narran ante la sociedad.

La narrativa tiene la singular capacidad de cerrar la brecha entre el pasado y el presente, hace que la historia sea identificable y relevante para las audiencias contemporáneas. Al explorar experiencias personales y emociones dentro de eventos históricos, las narrativas permiten a las personas conectarse con el pasado en un nivel más íntimo.

Morin (2008) menciona que todo conocimiento constituye a la vez una traducción y una reconstrucción a partir de señales, signos, símbolos y en cómo las personas forman representaciones, ideas, discursos y narraciones. Con esta concepción entendemos que el conocimiento histórico debe ser reexaminado y apropiado, pues es mediante la narración que se crea una opinión; es decir, se vivencia el conocimiento: “nos parecemos más a los cuentos que a las cuentas” (Zempoalteca, 2012). La narrativa involucra al ser humano de forma existencial en el tiempo, espacio y entorno social; los hombres imaginan relatos, las representan mediante dibujos, obras de teatro, canciones, libros: el arte en todas sus manifestaciones.

La escolarización de la narrativa está siempre presente, desde que los estudiantes interactúan con sus iguales, contando historias de cualquier índole, cuando externan dudas, argumentan puntos de vista y un largo etcétera. Sin duda, la narración es parte de la lingüística, por ende, es parte del ser humano.

La narrativa adquiere importancia por su capacidad para provocar reflexiones críticas acerca de lo que se ha leído, las vivencias, los puntos de vista y las experiencias diferentes a las propias, asimismo, promueve la participación mediante el diálogo. El enfoque narrativo, según Bruner: (2003): “Se ocupa de estudiar un modo de pensar el mundo, que apela al uso, sentido y funciones que le damos a los relatos y que se escuchan desde muy temprana edad. Esto permite que se apropien de los conocimientos necesarios para orientar la vida personal y social.”

Para Trepat los conocimientos históricos que pueden ser socializados a partir de las narraciones funcionan como una organización previa para enseñar a explicar hechos históricos, procesos, cambios y continuidades. El uso de la empatía, la imaginación y la narración facilitan “la construcción progresiva de los sistemas de identificación de las causalidades y las consecuencias de los hechos sociales en el tiempo.” (Trepat, 1995).

De este modo, se puede llevar al salón de clases lo que Trepat (1995) llama ejercicios empáticos descriptivos, tendientes a recrear un contexto histórico. En el análisis de estos ejercicios de ficción histórica producidos por los estudiantes se pueden evidenciar cuáles son los contenidos históricos aprehendidos y cómo se apropian de ciertos conceptos, pues se pone en juego su imaginación histórica al tiempo que se ejercita la lengua escrita.

Otra actividad crucial sería la imaginería guiada (Egan, 1999), mediante la cual el maestro o maestra estimula a sus estudiantes a formar imágenes mentales del objeto de estudio (visiones, sonidos, gustos, olores, sensaciones) tan vivas como sea posible, con esto la narración escrita toma mucho sentido para los discentes.

La narración pretende que el aprendizaje sea sustancialmente apropiado por el estudiante y encuentre sentido a los conocimientos históricos, los comprenda y pueda construir nuevos aprendizajes. Es a través de actividades lúdicas y de la narración que se pueden realizar con los estudiantes un sinfín de secuencias didácticas, enfocadas a que los educandos construyan su propio conocimiento, lo que les brinda cierta familiaridad con los temas, motivándolos, lo que les ayuda a aprender mediante la narración y permite que puedan utilizar esos conocimientos en su vida cotidiana.

Es necesario que los discentes muestren interés en comprender historias contadas, pero sobre todo que desarrollen habilidades para crear las suyas y así, a través del análisis y la formulación de juicios, formen su identidad. Los estudiantes no solo deben consumir historias, deben refutar, reinterpretar los hechos históricos contados por la historia oficial y aterrizarlos en relatos orales o escritos.

Por ello, en las clases de historia se deben utilizar actividades didácticas como noticieros, adivina quién histórico, debates, historietas, entre otras, pues con estas estrategias se examinan noticias de la época, programas de radio, periódicos, fotos, memorias de algún personaje. Es así como el estudiante puede interactuar con el pasado, formarse una opinión y posteriormente, mediante la narración, divulgar sus interpretaciones y aportar, quizá más tarde, un nuevo conocimiento.

art06 02

Referencias

Bloch, M. (1982). La Historia, los hombres y el tiempo. Introducción a la Historia. México, Breviarios del Fondo de Cultura Económica.
Bruner, J. (2004). Realidad mental y mundos posibles: los actos de la imaginación que dan sentido a la experiencia. Barcelona, Gedisa.
Bruner, J. (2003). La fábrica de historias: derecho, literatura y vida. Buenos Aires, FCE.
Cuesta, V. (2016). “Enseñanza de la Historia y enfoque narrativo”, Revista História Hoje. V. 4 No 8. Brasil. https://rhhj.anpuh.org/RHHJ/article/view/191
Egan, K. (1999). La imaginación en la enseñanza y el aprendizaje. Buenos Aires, Amorrourtu.
Florescano, E. (2002). “¿Para qué estudiar y enseñar la historia?”, Tzintzun, Revista de estudios históricos, no. 35.
Febvre, L. (1982). Combates por la Historia, Barcelona, Ed. Ariel, 3a. ed.
Freire, P. (1987). Pedagogía del Oprimido. Montevideo, Siglo XXI Editores.
Lima, L. & Reynoso, R. (2014). La enseñanza y el aprendizaje de la Historia en México. México, Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación.
Morín, E. (2008). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. México, Siglo XXI Editores.
Plá, S. (2014). Ciudadanía y competitividad en la enseñanza de la historia. Los casos de México, Argentina y Uruguay. México, Universidad Iberoamericana.
Trepat, C. (1995). Procedimientos en historia: un punto de vista didáctico. Barcelona, ICE, Graó.
Zempoalteca, F. (2012). “La narrativa como estrategia didáctica en la enseñanza de la Historia”. Revista pedagógica escri-viendo. México, SEIEM, no. 21.