Eva Grissel Castro Coria,
Monserrat Aranzazu Castro Coria y
Raúl Coria Tinoco
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
La educación en México está consagrada como un derecho humano, regida por los principios de universalidad, progresividad, indivisibilidad e interdependencia. Esto implica que todas las autoridades, dentro de su ámbito de competencia, no solo respeten estos principios, sino que también los promuevan, con el fin de alcanzar el derecho descrito en el artículo 3° de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos: “Toda persona tiene derecho a la educación”.
Además de las prerrogativas jurídicas, el derecho a la educación se complementa con leyes secundarias, que tienen distintos ámbitos de aplicación. Por ejemplo, la Ley General de Educación (LGE, 2019) se centra en la educación inicial, que comprende la educación preescolar, primaria y secundaria, y concluye con el bachillerato. Esta ley busca promover el desarrollo humano integral del educando a través de la Nueva Escuela Mexicana, un espacio donde se construyen y convergen saberes, se intercambian valores, normas, culturas y formas de convivencia.
Por su parte, la Ley de Educación Superior (LES, 2021) que abarca la universidad, posgrados, especialidades y doctorados,va más allá de la construcción de saberes. La ley destaca la importancia de formar un pensamiento crítico y, por ello, promueve el desarrollo de habilidades como el análisis, la reflexión, la comprensión, el diálogo y la argumentación, así como el conocimiento de las ciencias y humanidades, todos vinculados al progreso científico y tecnológico.
Esto propicia dos visiones sobre cómo se debe impartir la educación, según el nivel. La educación básica tiene como objetivo ofrecer un entrenamiento intelectual (INE; UNESCO; OCDE, 2019), mientras que la educación superior debe enfocarse en la materialización de un plan de vida (Campos; Mercedes Ruiz Muñoz, 2012).
En este contexto, si la pretensión educativa se traduce en dos ejes de aplicación que los diferencian, es pertinente preguntarnos, cómo deberían desarrollarse las nuevas habilidades en el estudiante universitario. En este sentido, resulta indispensable que los saberes adquiridos en la universidad se transformen en competencias aplicables, de manera que se fomenten habilidades que promuevan un intercambio genuino de ideas y permitan la transferencia del conocimiento a la acción (Gil Flores y Carmona, 2009).
El primer eje se centra en la solución de problemas mediante enfoques pedagógicos innovadores, como el aprendizaje basado en problemas y en proyectos. Estos métodos promueven que el estudiante no solo memorice conceptos, sino que los aplique en proyectos específicos, enfrentando situaciones reales que requieran creatividad y pensamiento crítico (Barrows, 1996).
Para este primer eje, es fundamental que los estudiantes construyan saberes de manera activa y que cuenten con el acompañamiento del tutor, facilitador o maestro como guía en el proceso. Sin embargo, la responsabilidad principal recae en el estudiante, quien debe aplicar los conocimientos adquiridos en talleres específicos.
Estos talleres, además de ser espacios para almacenar información, se convierten en escenarios donde los proyectos realizados y sus metodologías se resguardan y documentan, pero también se difunden. De esta manera, los talleres juegan un papel esencial al vincular la teoría con la práctica, preparando al alumnado para su futura inserción laboral y permitiendo que el aprendizaje se traduzca en acciones concretas y relevantes.
El segundo eje aborda el desarrollo de habilidades blandas, esenciales para la interacción social y profesional. Estas habilidades se adquieren principalmente a través del trabajo en equipo, lo que implica la definición de roles, la toma de decisiones y la generación de ideas para la construcción de proyectos colaborativos, incluso fuera del ámbito estrictamente profesional. Esta interacción ocurre entre pares, y en este proceso el maestro deja de ser un actor central, lo que permite que los estudiantes universitarios desarrollen por sí mismos habilidades que se convierten en herramientas estratégicas (Robles, 2012).
Las actividades extracurriculares, tanto virtuales como presenciales, son fundamentales para el desarrollo integral de los estudiantes universitarios, especialmente cuando contribuyen al enriquecimiento de los saberes. Entre estas se incluyen la elaboración de vídeos culturales, documentales, expresiones artísticas, la recuperación de lenguas y la producción de discursos orales. Todas ellas pueden integrarse en bases de datos y servir como referentes para la construcción de conocimiento.
Estas prácticas deben quedar documentadas en plataformas digitales que, por sus características, además de ser entornos en donde se desarrolla el aprendizaje, tienen una doble función: permiten compartir el aprendizaje y, al mismo tiempo, forman parte del portafolio de habilidades y del perfil del estudiante.
Actualmente, diversas plataformas de divulgación de información permiten que los estudiantes generen y compartan contenidos de calidad. Esto no solo contribuye a fortalecer la fiabilidad de la información, sino que también impulsa a los estudiantes a incorporar la producción de contenidos valiosos como parte de su práctica académica habitual. En este proceso se desarrollan competencias comunicativas, como la capacidad de estructurar un discurso sólido con introducción, desarrollo y conclusión, fortaleciendo así la expresión oral y escrita del estudiante universitario.
Finalmente, el tercer eje se orienta hacia la proyección profesional y la empleabilidad. Este objetivo implica que la universidad no debe limitarse a formar únicamente empleados asalariados, sino profesionales proactivos. Lo que implica fomentar la capacidad de detectar oportunidades, diseñar soluciones y gestionar recursos para crear nuevos proyectos, ya sean negocios propios o iniciativas sociales (Yorke, 2006).
Para ello, resulta fundamental contar con un currículum o portafolio profesional. Cuando se incluyen en él las actividades realizadas durante el proceso formativo, se genera información relevante que permite al estudiante tomar conciencia de lo que puede o ha logrado. Si en este portafolio se describen los proyectos desarrollados en talleres basados en problemas o en proyectos, y se incluyen las habilidades blandas adquiridas a través de actividades extracurriculares, la proyección profesional va más allá de lo que aparece en el currículum: refleja también el conocimiento que el estudiante ha internalizado y sabe aplicar.
En ambos escenarios, el éxito depende de la autogestión: la habilidad del estudiante para reconocer sus propias competencias (ejes 1 y 2) y saber comunicarlas; es decir, articularlas eficazmente para conseguir un empleo, un ascenso, un cliente o financiamiento, lo que propicia formar profesionales que no solo saben, sino que saben hacer y saben comunicar lo que hacen.
Conclusión
Si bien los saberes se construyen a lo largo de todos los procesos formativos ―en la educación básica, universitaria o a lo largo de la vida―, es en la universidad donde resulta esencial desarrollar las habilidades que permiten aplicarlos de manera efectiva.
Los estudiantes universitarios deben aprender a comunicarse con claridad, generar discursos coherentes, expresar sus opiniones de forma respetuosa, definir roles, solucionar problemas y establecer mecanismos para resolverlos. Asimismo, deben participar activamente en la construcción colectiva del conocimiento, lo que implica ir más allá de la simple adquisición de información.
En el contexto actual, marcado por la digitalización, es imprescindible que los estudiantes sean capaces de construir saberes digitales que complementen la información que les rodea. Esto requiere una actitud proactiva, que les permita transformar sus conocimientos en productos y herramientas digitales, como bases de datos de información veraz, objetiva y confiable.
Pero no solo eso. De manera significativa, el estudiante, en ambientes virtuales tiene un gran potencial, ya que crea a lo largo de su formación universitaria un sinfín de trabajos documentados en vídeos, presentaciones, foros de discusión, investigaciones, infografías, imágenes y pódcasts. Estos materiales no solo sirven para acreditar una materia, sino que conforman un portafolio que documenta las habilidades adquiridas y que se encuentra en plataformas, algunas públicas y otras privadas. Por lo que es fundamental que este portafolio de habilidades se potencialice no solo como acciones de divulgación del conocimiento, sino también como un valor añadido para acceder al mercado laboral.
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Referencias
Barrows, H. S. (1986). A taxonomy of problem-based learning methods. Medical Education, 20(6), 481–486. https://doi.org/10.1111/j.1365-2923.1986.tb01386.x
Campos, N. S. (s.f.). Derecho a la educación, nuevas interpretaciones. Suprema Corte de Justicia de la Nación. https://www.scjn.gob.mx/sites/default/files/derechos_humanos/articulosdh/documentos/2016-12/DERECHO%20A%20LA%20EDUCACIÓN.pdf
Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos [CPEUM]. (Actualizada). H. Congreso de la Unión.
Gil Flores, J. y Carmona, P. M. T. (2009). La participación del alumnado universitario en la evaluación del aprendizaje. Educación XX1, 12, 43–65. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=70611919004
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Ley General de Educación. (2019). Publicada en el Diario Oficial de la Federación el 30 de septiembre de 2019.
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Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura [UNESCO]. (s.f.). Coalición mundial por la educación. https://globaleducationcoalition.unesco.org/home/flagships/connectivity
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos [OCDE]. (2019). Educación superior en México. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/a93ed2b7-es
Robles, M. M. (2012). Executive perceptions of the top 10 soft skills needed in today’s workplace. Business Communication Quarterly, 75(4), 453–465. https://doi.org/10.1177/1080569912460400
Ruiz Muñoz, M. (2012). Derecho a la educación: política y configuración discursiva. Revista Mexicana de Investigación Educativa, 17(52), 39–64. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-66662012000100003&lng=es&nrm=iso&tlng=es
Yorke, M. (2006). Employability in higher education: What it is – what it is not. Higher Education Academy.
