Ariadna Martínez Flores

Figura académica de la División de Ciencias de la Salud, Biológicas y Ambientales, UnADM

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU, 1995), la violencia de género se refiere a todo acto sexista que tenga como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de libertad, y puede ocurrir tanto en el ámbito público como en el privado.

Además, este tipo de violencia se relaciona con los significados, ideas y representaciones sobre el mundo (Añón, 2016) y se produce y reproduce en un contexto de desigualdad que no se limita exclusivamente a las mujeres, ya que también puede ser experimentada por los hombres y por personas con identidades de género diversas (Maqueda, 2006). No obstante, funciona como un mecanismo social que perpetúa la subordinación de las mujeres, dado que el poder se ha concebido históricamente como patrimonio genérico de los varones (Amorós, 1990).

La dominación hacia las mujeres es un antecedente de violencia de género presente en las relaciones sociales y políticas, con raíces históricas en las que la autoridad del hombre está institucionalmente establecida y el papel de la mujer se encuentra marcado por la subordinación y la exclusión. Esta situación les otorga un estatus simbólico inferior que legitima la violencia y genera repercusiones en el desarrollo económico, político, social y cultural del contexto social. Además, contribuye a la exclusión y fragmentación de los derechos y de la participación política de las mujeres (Gómez y Pineda, 2018).

Las ideologías patriarcales han permeado la sociedad con ideas, valores, costumbres y hábitos que justifican la subordinación de las mujeres, basándose en los “roles naturales” que tradicionalmente se les han atribuido. De esta manera, se consolida el estereotipo de la mujer como un ser inferior, sumiso y dependiente, sin identidad propia, desempeñando un papel social secundario y restringido al ámbito doméstico (Olsen, 2000).

La ideología que sostiene la superioridad masculina y la sumisión femenina constituye la base de diversas manifestaciones cotidianas de violencia de género. A través de la cultura patriarcal, se inculca en la mujer una dinámica de subordinación que la limita a servir, cuidar y obedecer las exigencias de los hombres. Dentro de la familia, el patriarcado recae especialmente en el padre o jefe de familia, quien posee autoridad y poder para dirigir el núcleo familiar, satisfaciendo no solo las necesidades de sus integrantes sino también satisface sus propios intereses sin oposición alguna.

Según Lerner (1986), el patriarcado es la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres y los niños y las niñas de la familia, así como la extensión de ese dominio sobre las mujeres en la sociedad en general. Esta estructura contribuye a la reproducción de estereotipos que refuerzan las diversas manifestaciones de violencia de género. 

Dada la importancia de la violencia de género, en 1979 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer. A partir de 1980, durante la Conferencia Mundial del Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer, celebrada en Copenhague, se adoptó la resolución titulada La mujer maltratada y la violencia en la familia

En 1995, durante la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer, se emitieron la Declaración y la Plataforma de Acción de Beijing, que establecieron las bases para lograr la igualdad de género, el empoderamiento de las mujeres y el respeto y ejercicio de los derechos humanos de las mujeres y las niñas. Esto dio paso, en 2015, a la creación de los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, cuyo objetivo número cinco plantea alcanzar la igualdad de género y empoderar a las mujeres y a las niñas, reconociendo la necesidad de implementar cambios jurídicos y normativos. 

En concordancia, a nivel internacional se reconoce la violencia de género como un grave problema, no solo para las mujeres sino también para el logro de la igualdad, el desarrollo y la paz (Organización de las Naciones Unidas, 1985). 

A pesar de los avances internacionales y nacionales en la construcción de marcos normativos sobre igualdad de género, prevención de la violencia de género y protección de derechos, persisten brechas significativas que reproducen y fortalecen esta forma de violencia. En América Latina, esta violencia se manifiesta de manera física, sexual, psicológica, simbólica, económica y estructural que promueven la desigualdad y obstaculiza las oportunidades.

Estadísticas sobre la violencia de género en América Latina

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, 2022), entre el 63 % y el 76 % de las mujeres en la región ha experimentado al menos un episodio de violencia por razón de género en distintos ámbitos de su vida. En 2023, aproximadamente 4 050 mujeres fueron víctimas de feminicidio en los 26 países de América Latina y el Caribe.  Cabe destacar que, en 2022, el 60% de estos feminicidios fueron perpetrados por una pareja o expareja.

En términos de pobreza y desigualdad, la Organización de las Naciones Unidas para las Mujeres (ONU Mujeres, 2024) estima que, para 2030, más de 340 millones de niñas y mujeres en América Latina vivirán en situación de pobreza extrema. En 2022, el 41.8 % de las mujeres experimentó algún grado de inseguridad alimentaria, frente al 32.7 % de los hombres. Además, la mayoría de las mujeres de 15 años o más en la región carecía de ingresos propios, lo que refleja de manera clara la persistente brecha de género en términos económicos.

En cuanto a la violencia física y sexual, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, 2023) reporta que una de cada cuatro mujeres ha sufrido este tipo de violencia a lo largo de su vida. De manera específica, entre el 60 % y el 80 % de las mujeres en América Latina han sido víctimas de algún episodio de violencia en su vida. 

En relación con la eliminación de todas las formas de violencia contra las mujeres y las niñas en los ámbitos público y privado, incluidas la trata y la explotación sexual, el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe (2023) señaló que, en 2022, alrededor de 338 mujeres por mes —equivalente a 11 por día— fueron víctimas de homicidio por razón de género. En total, al menos 4 050 mujeres perdieron la vida, y más del 70 % de las víctimas tenían entre 15 y 44 años.

Consecuencias de la violencia de género en el desarrollo humano

El desarrollo humano, al ser multidimensional, abarca aspectos como la libertad, el progreso, las habilidades, las oportunidades y el bienestar del individuo (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo,1990). Por tal motivo, el Informe sobre Desarrollo Humano del 2000 destaca que el desarrollo debe garantizar la igualdad de oportunidades y la sostenibilidad, de manera que las capacidades actuales no comprometan las oportunidades de las generaciones futuras, para evitar heredar desventajas que impactarían directamente en la justicia social. 

Desde el enfoque de capacidades de Nussbaum (2002), se cuestiona lo que el individuo es realmente capaz de ser y hacer, no solo en relación con la satisfacción al realizar sus actividades sino también considerando las oportunidades y libertades a las que tienen acceso, los recursos disponibles y la manera en que los aprovecha. En este marco, la violencia de género constituye un impedimento directo para ampliar y ejercer capacidades centrales, atenta contra la integridad corporal, limita la autonomía y restringe el acceso a recursos, lo que afecta tanto el bienestar presente como las posibilidades de las generaciones futuras.

La violencia de género es una manifestación estructural de desigualdad históricamente sostenida por el sistema patriarcal, legitima la subordinación de las mujeres y reproduce relaciones de poder asimétricas en los ámbitos público y privado. En América Latina, la presencia de pobreza extrema, inseguridad alimentaria y falta de autonomía económica son factores estructurales que propician una mayor incidencia de este tipo de violencia.

En consecuencia, la erradicación de la violencia de género requiere intervenciones estructurales que cuestionen las bases culturales, económicas y políticas que la sostienen, y que promuevan la expansión de libertades reales y oportunidades sustantivas para todas las mujeres. Solo así será posible reducir las brechas de desigualdad y garantizar justicia social.

Referencias

Amorós, C. (1990). Violencia contra las mujeres y pactos patriarcales. En Maqueira, V. y Sánchez, C. (Comp.), Violencia y sociedad patriarcal. Madrid: Pablo Iglesias.

Añón, M. (2016). Violencia con género. A propósito del concepto y concepción de la violencia contra las mujeres. Cuadernos Electrónicos de Filosofía del Derecho, 2016, 33: 1-26.

Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2022). Romper el silencio estadístico para alcanzar la igualdad de género en 2030: aplicación del eje sobre sistemas de información de la Estrategia de Montevideo para la Implementación de la Agenda Regional de Género en el Marco del Desarrollo Sostenible hacia 2030 (LC/CRM.15/4), Santiago.

Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2023). 45 años de Agenda Regional de Género (LC/MDM-E.2022/4/Rev.1), Santiago.

Gómez, D. y Pineda, J. (2018). Desarrollo económico local en clave de género. Documento de Política, 8, 123. Psicología y Salud.

Lerner, G. (1998). The meaning of Seneca Falls: 1848-1998. Dissent-NewYork, 4,35-41.

Nussbaum, M.(2002). Las mujeres y el desarrollo humano. El enfoque de las capacidades. Barcelona: Herder.

Olsen, F. (2000). Feminismo y teoría del derecho. Gedisa.

Organización de la Naciones Unidas (1985), Base de Datos Mundial de Indicadores de los ODS https://unstats.un.org/sdgs/dataportal

Organización de las Naciones Unidas. (1995). Informe de la IV Conferencia Mundial sobre las Mujeres, Pekín.

Organización Naciones Unidas. (2024), The Sustainable Development Goals Report 2024. https://unstats.un.org/sdgs/report/2024/.

Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. (1990). Informes sobre Desarrollo Humano. Ediciones Mundi-Prensa, Madrid.